Nunca sé muy bien por dónde empezar, pero supongo que en esta ocasión
lo más adecuado sería presentarme. Me llamo Yeray García y soy (o, mejor dicho,
intento ser) traductor audiovisual y literario. Me gradué en Traducción e
Interpretación en la Universidad de Alicante el pasado junio y actualmente
curso a distancia el Máster en Traducción Audiovisual de la Universidad
Autónoma de Barcelona. Como se puede intuir, me pirran el cine y las series de
televisión. Y me ha dado por crearme un blog sobre traducción audiovisual. Un
traductor con un blog. No suena demasiado original.
Pasemos de puntillas
por la cruda realidad de que todo está inventado e intentemos consolarnos
pensando que todo se puede hacer de forma diferente. Aquí pretendo hablar sobre
traducción de una manera distendida y amena, centrándome en películas y,
conociéndome, también en series. Tampoco es mi objetivo que solo pueda ser
leído por especialistas en la materia (con la esperanza de que haya alguien más
ahí fuera al que le interese el tema), así que intentaré no pasarme con la
terminología y que todo sea comprensible. Al final, esto solo es una excusa
para hablar de cine y traducción por parte de un tío al que le apasionan ambas
materias. Si, además, durante el proceso aprendemos y nos divertimos, podré
decir eso de «me encanta que los planes salgan bien». Y, como no se puede
aprender a andar sin dar un primer paso, vamos
a entrar en materia.
El caso es que esos
títulos que suenan tan absurdos y alejados del original pueden resultar
aceptables en alguna ocasión. Cuando se anunció que la película Hot Fuzz (2007), cuyo título describe de
manera coloquial a sus protagonistas como, digamos, «superpolis», sería
conocida como Arma fatal en España,
les llovieron críticas por todas partes. Puede que no estemos ante una decisión
tan desacertada. Recoge ese espíritu de parodia/homenaje al cine de acción que
posee el largometraje y es tan deliberadamente cutre como el original. Teniendo en cuenta que Policías polis ya estaba cogido, no es un título tan malo. Por
cierto, si no la habéis visto, ya estáis tardando en echarle un ojo (y a toda
la obra de su director, Edgar Wright).
Antes de proseguir, es
un buen momento para aclarar que, en contra de lo que cree gran parte de la
población, el traductor no es el que decide los títulos definitivos. Esa labor
le corresponde a la productora. Pese a que un buen traductor debe tener una
amplia gama de conocimientos, es probable que entre ellos no se encuentre el
dominio del arte del marketing.
Ciertos títulos pueden resultar más atractivos para el espectador que otros. La
distribuidora no deja de ser un cliente, así que el traductor no puede hacer
más que acatar sus exigencias, con la expectativa de que estén argumentadas de
una manera convincente. Ya sabéis, el cliente siempre tiene la razón. Y si no,
el dinero.

